Una economía que trabaje para todos

Más que nunca, nuestro país se encuentra definido por la desigualdad económica a gran escala. Los salarios estancados, el legado de las prácticas bancarias discriminatorias, el costo de la universidad, el cuidado de los niños y la vivienda, y la erosión de las redes de seguridad social son un freno a la movilidad económica y perpetúan la pobreza extrema; y simultáneamente, aquellos de son más ricos están acumulando grandes fortunas.

Para abordar las disparidades arraigadas económicas, debemos centrar las experiencias de aquellos que cargan con el peso de la desigualdad: el trabajador por contrato de bajo salario que no cuenta con recurso alguno cuando hay un cierre del gobierno y se queda sin recibir su cheque; la empleada doméstica explotada por su empleador; el proveedor de cuidados a adultos que batalla para cubrir los gastos médicos y el alquiler; el joven cuyos sueños deben posponerse a causa de la abrumadora deuda de préstamos estudiantiles. Debemos responsabilizar a Wall Street y a los gigantescos bancos y denunciar las políticas y prácticas racistas y abusivas que niegan oportunidades económicas para comunidades enteras.

Estoy enfocada en construir una economía más equitativa y empática: aumentar el salario mínimo a $15/hora, fortalecer las protecciones para los trabajadores, reducir los costos asociados con la educación, el cuidado infantil, la vivienda y la atención médica que actualmente ejercen una enorme presión sobre las familias trabajadoras, y crear un sistema bancario más transparente y equitativo que sea accesible para las personas en todas nuestras comunidades.